CARNE CALIENTE

By SONIA FIDES, October 31, 2013



CARNE CALIENTE

Sentada a la mesa de la cocina se puso a recordar. Se quedó quieta intentando imitar la solidez de la silla que sostenía sus pensamientos. A su alrededor  vagabundeaban antiguos movimientos firmemente decididos a convertirse en fantasmas, por eso cruzó las piernas. Esa mañana era necesario no sentir miedo, no creer en los añejos enemigos, respetar la carne caliente y ya cierta, que sin entender por qué parecía haber dejado olvidada en el piso de arriba.  Movió la taza vacía como si al hacerlo todo pudiese volver a la normalidad, como si la  ejecución de ese gesto rutinario fuese a atraer a la rutina de días pasados. Volvió a dejar la taza en su sitio y escondió la cara entre las manos consciente de que la memoria era en ese instante un territorio incierto.  Todavía no era capaz de discernir lo que significaba el cuerpo durmiente cuyo olor dominaba toda la casa. No sabía si se trataba de un cuerpo que había llegado para sustituir a otro o era en cambio más piel que añadirle a otra piel que ahora sabía que era imposible olvidar. No tardó en encontrar la respuesta. Un líquido tibio empezó a empapar, con una timidez inusitada, el canesú de su camisón. Miró hacía la mancha liquida que ahora calentaba su cuerpo y se levantó de la silla. Acarició su superficie, una caricia que sin duda pretendía ser un ruego, una invitación para que aquel objeto olvidara por arte de magia el manantial  de dudas que había derramado sobre ella. Salió de la cocina para recoger esa carne que apenas un rato antes había dejado abandonada en la parte más alta de la casa. Contó, como si fuera un juego,  cada uno de los escalones que iba subiendo. Antes de volver ejercer como madre necesitaba,  aunque  fuera  por un instante, ejercer como niña. Traspaso el umbral de la habitación y anduvo despacio hasta situarse justo al lado de la pequeña cuna. Tenía los ojos cerrados. Tras ellos la última imagen de su primera hija muerta, ese momento inexplicable en que los árboles abandona su verticalidad para convertirse en pudrideros. Apretó los párpados con fuerza, como si esa mínima extensión de tejido pudiera convertirse en una potente trituradora.  Se agarró con fuerza a la pequeña fortaleza de madera y  antes de volver a abrirlos escribió en el aire con su dedo índice la palabra de cuatro letras que iba a permitirle ejercer por segunda vez como madre.


Sonia Fides (octubre de 2013)